Bitácora de Supervisión

El vértigo de la primera sesión

Aprender a sostener la incertidumbre clínica cuando nadie te enseñó cómo hacerlo.

El vértigo de la primera sesión

A

ún recuerdo con nitidez mis primeras sesiones como terapeuta. Preparaba todo antes de cada encuentro: el encuadre adecuado para explicar sin incomodar al paciente, las preguntas de apertura que me servirían de brújula para orientarme en su malestar y algunas técnicas "por si acaso" que podrían ayudar durante el proceso. Tenía la teoría fresca, repasada y las ganas intactas.

Entonces el paciente se sentaba frente a mí, me miraba y decía algo que no aparecía en ningún manual. De pronto, todo aquello que había preparado parecía insuficiente. Me quedaba en blanco, intentando recordar algún concepto, alguna técnica o alguna lectura que me ayudara a recuperar el rumbo de la sesión.

Fue en esos silencios incómodos donde comencé a descubrir algo que la universidad nunca me enseñó: la terapia ocurre en un lugar distinto al de los libros.

La persona detrás del rol

En la formación clínica se habla mucho de corrientes terapéuticas, protocolos y diagnósticos. Se nos entrena para identificar síntomas, psicopatologías, formular hipótesis y aplicar intervenciones basadas en evidencia. Todo eso es necesario, sin duda. Pero hay un componente que rara vez se aborda con la profundidad que merece: la persona del terapeuta. No el profesional, no el rol, sino el ser humano que se sienta en esa silla con sus propias inseguridades, su historia personal, sus creencias y sus puntos ciegos.

Esteban Laso plantea algo que con los años terminé entendiendo en la consulta: la diferencia entre un terapeuta principiante y uno experimentado no siempre está en la cantidad de conocimientos que poseen, sino en su capacidad de orientar la atención. Cuando recién comenzamos, intentamos observarlo todo al mismo tiempo: los síntomas, la historia, la emoción, el diagnóstico, la teoría y la próxima pregunta que deberíamos hacer. La experiencia clínica nos enseña algo distinto. No se trata de verlo todo, sino de aprender dónde mirar.

Y es justamente ahí donde aparece la persona del terapeuta. Porque aquello que nos llama la atención, lo que nos inquieta, lo que decidimos preguntar o dejar pasar, nunca es completamente neutral. Nuestra historia, nuestras certezas y nuestras dudas también participan silenciosamente en la sesión. Lejos de ser un obstáculo, reconocer esta realidad es parte fundamental del oficio.

"Nadie te prepara para el momento en que el paciente te mira esperando algo que tú todavía no sabes dar. Y está bien. Ese es el punto de partida, no el fracaso."

La fantasía de la epifanía

Con los años descubrí que muchas veces el problema no era no saber qué decir. El problema era no tolerar no saber qué decir.

Hay una trampa en la que caemos casi todos los terapeutas jóvenes, y a veces también los experimentados: la fantasía de la epifanía. Entramos a la sesión con la expectativa secreta de que ocurra ese momento revelador, esa intervención brillante que haga "clic" en el paciente, ese instante cinematográfico donde todo cobra sentido y la persona sale transformada. Como si la terapia fuera una película y nosotros fuéramos los guionistas del gran desenlace.

Pero esa urgencia por encontrar la epifanía del paciente suele decir mucho más del terapeuta que del propio paciente. Es nuestra ansiedad la que habla ahí, disfrazada de compromiso clínico. Es nuestra necesidad de sentir que estamos haciendo algo, que estamos siendo útiles, que nuestra intervención "sirvió". Y en esa prisa por demostrar competencia, corremos el riesgo de olvidar algo fundamental en la terapia: los tiempos del paciente no siempre coinciden con los tiempos de nuestra tranquilidad.

"La urgencia por resolver al otro muchas veces es la forma más elegante de no tolerar nuestra propia incertidumbre."

Porque la realidad de la sesión rara vez se parece a lo que imaginamos. El paciente no llega listo para tener revelaciones. Llega con miedo, con desconfianza, a veces sin saber ni por qué está ahí. Y lo que necesita en ese momento no es un terapeuta brillante, sino uno que sea capaz de aguantar el no saber junto a él. Alguien que no se apresure a llenar los silencios con interpretaciones prematuras solo porque el vacío le resulta insoportable. Alguien que pueda sostener preguntas antes de buscar respuestas. Porque muchas veces el cambio terapéutico no comienza cuando encontramos una explicación brillante, sino cuando dejamos de huir de aquello que todavía no comprendemos.

La trampa de buscar la respuesta en el libro

Y entonces termina la sesión y pasa lo inevitable: te quedas con la sensación de que algo falló. Que no supiste qué decir en el momento justo, que te perdiste, que el paciente se fue sin esa transformación que esperabas. ¿Y qué haces? Corres al libro de confianza. Abres los apuntes de la universidad, revisas el manual, buscas en Google el artículo que te faltó leer. Te convences de que si hubieras leído más, si hubieras estudiado mejor esa técnica, si hubieras recordado esa intervención en el momento preciso, todo habría salido distinto.

Conozco bien ese ciclo porque lo viví. Y lo veo repetirse constantemente en los colegas que superviso. "La sesión no salió como esperaba, así que vuelvo a los textos buscando la respuesta que faltó". Llegan a la siguiente sesión con nuevas lecturas, nuevas hipótesis y nuevas estrategias, convencidos de que esta vez encontrarán aquello que faltaba. Y cuando las cosas vuelven a no salir como imaginaban, la conclusión suele ser la misma: "me faltó leer más".

"No es que te falte teoría. Es que estás usando la teoría para esconderte de la incertidumbre que implica estar frente a otro ser humano."

Hay una confusión frecuente entre saber teórico y saber clínico. El saber teórico se encuentra en los libros. El saber clínico se construye en el encuentro. Y no se desarrolla únicamente acumulando más información, sino aprendiendo a tolerar que no siempre vas a entender lo que pasa, que a veces la mejor intervención es quedarte en silencio, y que ningún texto del mundo puede reemplazar la experiencia de estar genuinamente presente con alguien que sufre.

El terapeuta joven que busca obsesivamente en los libros la respuesta que no encontró en la sesión no necesariamente tiene un problema de conocimiento. Muchas veces tiene un problema con la incertidumbre. La solución no consiste en dejar de estudiar, sino en comprender que hay aspectos del encuentro clínico que ningún libro puede resolver por nosotros. Y así aprender a habitar ese espacio incómodo donde no sabes, donde no controlas, y donde justamente por eso puedes empezar a escuchar de verdad.

"Con los años terminé entendiendo algo que hubiera querido saber desde el principio: la principal herramienta de la terapia no es el manual, ni la técnica, sino la persona que la sostiene."

El arte de no apresurar

La primera sesión no es el lugar para demostrar lo que sabes. Es el lugar para mostrar que puedes estar presente sin necesitar controlar lo que pasa. Suena simple, pero es una de las cosas más difíciles de aprender en la clínica. Porque la formación académica nos entrena justamente para lo contrario: para tener respuestas, para categorizar, para intervenir.

Cuando dejamos de apresurarnos, empezamos a notar algo importante: el paciente rara vez necesita que entendamos toda su historia durante la primera sesión. Necesita sentir que hay espacio para contarla. Muchas veces llegamos tan preocupados por formular una hipótesis correcta o encontrar el problema central que dejamos de escuchar cómo esa persona está intentando darle sentido a lo que le ocurre. Y cuando eso pasa, la comprensión corre el riesgo de volverse más importante que el encuentro.

Nadie te enseña a quedarte quieto cuando todo dentro de ti te pide intervenir. Los primeros años me costaba enormemente tolerar esos momentos donde el paciente se detenía a mitad de frase, como buscando algo que aún no tenía nombre. Necesitaba completar la idea por él, ofrecerle una palabra, una interpretación, cualquier cosa que llenara ese vacío. Con el tiempo aprendí que ese vacío no era mío para llenar. Muchas veces, lo más terapéutico que podía hacer era acompañar esa búsqueda sin interrumpirla.

En supervisión, suelo decirles a los colegas que recién comienzan, y a algunos más experimentados, algo que a mí me costó años entender: "Tu trabajo en la primera sesión no es resolver nada. Tu trabajo es construir un espacio donde la persona sienta que puede volver". Si el paciente se va con ganas de regresar, la primera sesión fue un éxito. Todo lo demás puede esperar.

Carta para el terapeuta que empieza

Si estás leyendo esto y acabas de empezar tu práctica clínica, o si llevas un tiempo pero sigues sintiendo ese vértigo antes de cada primera sesión, quiero que sepas algo: ese vértigo no es debilidad. Es señal de que te importa. El día que entres a una sesión sin sentir absolutamente nada, preocúpate. Porque la indiferencia es el verdadero enemigo de la terapia, no la incertidumbre.

No necesitas tener todas las respuestas. Necesitas tener la honestidad de reconocer cuándo no las tienes. No necesitas ser brillante. Necesitas ser real. Y, sobre todo, necesitas recordar que la terapia no se trata de ti. Se trata de crear las condiciones para que otra persona pueda, poco a poco, empezar a narrarse de una forma que le haga más sentido.

Con los años descubrí que la confianza clínica no nace de tener todas las respuestas, sino de aprender a permanecer presente cuando todavía no las hay. Y cuidar de esa capacidad —a través de la supervisión, la terapia personal, el estudio y la reflexión constante— no es un lujo ni una opción. Es una responsabilidad ética con cada paciente que confía en sentarse frente a ti.

"La experiencia me enseñó que los mejores terapeutas no son quienes tienen todas las respuestas. Son quienes desarrollan la capacidad de permanecer presentes mientras las preguntas siguen abiertas."
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